4 de mayo de 2007

Manual para canallas

Las cosas que puedes perder en un incendio

Casi siempre recurro a los lugares comunes. Soy especialista en poner pretextos. Dejo todo a medias, nunca culmino los proyectos. Me enamoro de las mujeres fatales y desdeño a las chicas buenas. Le guiño el ojo a las prostitutas, le saco la lengua a las monjas. Fui educado para hacer caravanas, pero me cuesta trabajo respetar las reglas. Voy de tipo duro por la vida, pero en realidad soy un idiota sensible que llora algunas noches y se despeina cuando duerme. Siempre dejo conectada la plancha, fumo en la cama, y eso explica que dos veces haya ardido mi recámara. En un incendio perdí el colchón, los recuerdos de mi infancia, algunas fotos, demasiados libros y lo poco que me quedaba de calma. Así que ahora duermo en el suelo, sobre una colchoneta, y siempre dejo abierta la ventana por si en algún momento tengo que saltar hacia fuera, lo cual es improbable porque vivo en un cuarto piso. Aunque pensándolo bien es mejor morir encuerado que consumirme igual que un borracho. Y ya que hablamos del fuego, debo aceptar que hace mucho que no ardo en deseos por alguien. He perdido pasión, me dan hueva las conquistas, los lugares comunes del "¿estudias o trabajas?", prefiero el silencio, a las frases gastadas. Detesto que el amor me convierta en un pusilánime. Es mejor levantarme tarde y no tener que rasurarme. Es preferible derrochar el dinero en trivialidades, que invertir en una mujer que tarde o temprano te arrojará al precipicio del olvido. Siempre habrá un mejor partido, nunca serás el hombre ideal, aunque así te sientas, porque las viejas son especialistas en comparaciones: el novio de fulanita tiene tal coche, el güey de mi prima gana tanto, el marido de mi hermana le regaló tal cosa, mi ex novio siempre me compraba cosas chidas, y los etcéteras mejor me los guardo. En verdad que no es difícil sentirse enfermo, miserable o deprimido. Todo se rige por valores equivocados. A donde vayas te mirarán de arriba abajo. Si no usas corbata eres un don nadie. Si andas en fachas no consigues trabajo. Si tus pantalones están rotos eres un paria. Si andas a pata nadie te pela. Es peor, por supuesto, cuando no traes varo porque todos te hacen sentir un pordiosero. Soy parte de un ejército de perdedores. Y encima, heredamos un país endeudado. Los poderosos nos toman por tontos. Ojalá algún día despertemos.

Siempre he vivido extraviado. No sé hacia dónde va mi existencia. Tampoco comulgo con mi pasado. Hace tiempo no me sentía tan miserable, tan cerca de la nada, tan próximo a la locura. Mis defectos son como medallas que gané en ciertas batallas. Ayer me repetí mil mentiras frente al espejo. Hoy amanecí con resaca. Hace algunos años me titulé en desengaños. Y mi doctorado es en decepciones. Muchos apostaron por mí y los he defraudado. He desperdiciado el tiempo, he vagado en tugurios, he zarpado en proyectos que nunca llegan a buen puerto. La miseria cohabita conmigo. Mi cartera está vacía y mi currículum es un anecdotario de fracasos. A mi edad muchos han triunfado o han disfrutado infinidad de orgasmos. Yo soy un coleccionista de sinsentidos. No tengo futuro. El presente es un desperdicio. Por más que me esfuerzo, por más que trabajo, no cosecho más que frutos amargos. Los amigos de la infancia han quedado en el olvido. Estoy rodeado de cretinos. Todos quieren algo. Nadie regala nada. Hasta el aire que respiro está contaminado. El mundo parece darme la espalda. Y yo duermo acurrucado. Me espantan las responsabilidades. Nunca me comprometo, ni quiero hacerlo. El optimismo es mi enemigo. Algunas madrugadas me deprimo. Ciertas tardes me dan migraña. El sol no es solidario. El viento me susurra frases que no entiendo. Mi propia sombra me acorrala. En serio que me siento jodido y no sé qué hacer para remediarlo. Bebo más de la cuenta. Leo como desesperado. Hay ciertas verdades en los libros, pero la realidad te desengaña. Soy demasiado soñador para una vida tan huraña. Mi traspatio es una zona minada. Vivo en el sótano del infierno. O al menos así me siento. No tarda en arder, otra vez, mi casa. Tengo que dejar el cigarro, apagar la veladora del San Juditas de yeso. Quizá sea mejor que yo inicie el incendio. Todo lo que poseo no vale un cacahuate. No soy dueño de nada, ni siquiera de mi destino.

¿Ya te conté que me deprimo muy seguido?

Manual para canallas
Roberto G. Castañeda
19 de abril de 2007

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