No tengo nada en contra de los psicólogos o psiquiatras, ellos hacen su trabajo, pero a veces suelen meterse donde no les llaman con la buena intensión de “ayudar” a las personas.
Tuve dos experiencias desagradables con dos psicolocas cuando era una adolescente confundida. Fui a visitarlas más por obligación que por mi propia voluntad. Ambas me preguntaron cosas de mi infancia, la relación con mis padres –en especial con mi madre-, me pusieron a hacer dibujitos de cualquier estupidez y llegaron a la conclusión de que poseo una formidable colección de trastornos producto de la relación conflictiva con mi madre y que necesitaba terapia con urgencia. Las madres siempre son las culpables de los traumas de los hijos. Por eso no tengo hijos.
En ambas ocasiones me quedé con la impresión de que estas psicolocas eran un poco sádicas y disfrutaban con hacerme sentir miserable. Desde ese momento decidí que nunca jamás en la vida caería en las garras de algún psiquiatra o psicólogo.
Claro, años después me tuve que tragar mis palabras
Comencé mi terapia con un psicólogo que resultó ser muy diferente de las dos locas anteriores, mucho más alivianado y que no sólo me recalca los defectos, sino también las virtudes que rara vez veo en mi personalidad.
Fue así como caí en manos de la psicología, aunque en mi caso, fui yo quien la buscó, no como el protagonista de Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos. Rodrigo, el personaje principal de la novela, es un hombre que lo tiene todo: una esposa e hijos maravillosos, unos padres que lo quieren, un buen puesto en la empresa familiar, una casa con piscina y hasta un gato que ladra… podría decirse que es feliz, hasta que en el cumpleaños de su hijo, su cuñado –que casualmente es psiquiatra- le detecta fobia a los botones de la ropa y parafasia.
Unos días después el esposo de su hermana le redacta un informe sobre lo que podría sucederle si no se atiende a tiempo. Como persona sensata, Rodrigo decide buscar una segunda opinión con una psicóloga. Ella le hace ver al paciente que no es feliz aunque tenga la falsa ilusión de que sí lo es agregando, con esto, otro trauma al protagonista que comienza a cuestionarse sobre cosas que nunca en la vida se había preguntado.
A raíz de ahí comienza su calvario cuando visita a una infinidad de psicólogos y psiquiatras que sólo le recetan medicamentos para calmar los nervios que ellos mismos le producen.
Su hermana se divorcia del psiquiatra y éste recomienda a Rodrigo que acuda con otro colega para que le ayude con su fobia a los botones y su parafasia. El recomendado del cuñado resulta ser un hombre sumamente nervioso que transmite todo menos tranquilidad, que pretende ayudar a las personas de trastornos que él mismo padece (también el psiquiatra es parafásico) y refleja en ellos los temores que atormentan su alma como el miedo a la muerte. Esta escena es realmente memorable en el libro puesto que mientras charlan y comen pescado en un restaurante, el psiquiatra se suelta a llorar a moco tendido enfrente del paciente.
Es una novela muy simplona y muy divertida, escrita en un lenguaje muy sencillo (expresiones coloquiales de España, puesto que el autor es madrileño) sin mayores méritos que parodiar a esos extraños personajes discípulos de Freud y entretener al lector.
Les dejo este link para que lean las primeras páginas de la obra.
Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos
Rodrigo Muñoz Avia
Ed. Alfaguara



