
Hoy, 17 de mayo, es el Día Internacional Contra la Homofobia. Al respecto se pueden decir muchas cosas, desde los antecedentes históricos, hasta enlistar casos particulares.
La homofobia es el temor que ciertas personas pueden sentir hacia un homosexual. Ese miedo a lo desconocido, al “otro”, a la diferencia, a lo que no se está acostumbrado a ver, ha llevado a agresiones irracionales. La homofobia es más evidente en individuos del sexo masculino que entre las mujeres ¿por qué? La respuesta en tan sencilla como aterradora.

Hace algunos años, en mi proceso de salida del clóset, a través de la red llegué a la página de hartas.com y encontré un artículo muy interesante sobre la invisibilidad de las mujeres homosexuales. El sitio cerró por razones que desconozco, fue una pena. Sin embargo, varios años después me encontré con el blog de Marga, la autora de ese artículo. Pueden leer una de sus colaboraciones aquí.
Después de leerla y de un incidente que me ocurrió días antes con un amigo, entendí por qué son relativamente menores los casos de lesbofobia: nosotras tenemos la misma cualidad de los fantasmas, pocos nos han visto y casi nadie cree que existimos. Lo que sucedió con nuestro amigo fue que me hizo un comentario sobre “lo discreta que soy con mi condición”, él dice que si no me conociera y me viera en la calle como a cualquier persona, juraría que soy heterosexual. A mi parecer mi orientación es muy obvia, pero ya me di cuenta de que los demás no lo perciben así. Este incidente me dejó pensando en que la gente no nos ve simplemente porque no quiere vernos.
“Acorde con la invisibilidad social de las lesbianas, a nadie se le ocurre que dos amigas que compartan una habitación de estudiantes, puedan ser en realidad una pareja. Las mujeres somos consideradas poco menos que asexuadas. Incluso antiguas leyes que han penalizado las relaciones homosexuales entre hombres, han ignorado completamente al lesbianismo.”
(Marga, “¿Seré lesbiana?”)
En efecto, en el Berlín de los años 30, el terrible Párrafo 175 que condenaba a la homosexualidad como un delito grave que debía pagarse en un campo de concentración o con la pena de muerte, no incluía el castigo a las lesbianas. Aunque esta exclusión no era por consideración hacia los miembros del sexo femenino, sino porque en la particular visión de los nazis las mujeres servían como máquinas para la producción de nuevos alemanes, es decir, sólo para tener hijos.

En las grandes ciudades, a diferencia de las provincias más pequeñas, asumir actitudes que se relacionan a un hombre, se considera un signo de fuerza e iniciativa. No es tan mal visto que una mujer tenga maneras masculinas y son muy contados quienes llegan a percatarse de su orientación. Esta invisibilidad es, hasta cierto grado, una ventaja; las lesbianas son un blanco menor para las agresiones por homofobia.
Sin embargo no todo es color de rosa, ya que los crímenes por odio contra mujeres que tienen como motivo su orientación sexual, son peores. Los victimarios se ensañan con sus victimas torturándolas de manera sádica antes de matarlas. En México, en el 2005 se calculaba que por cada asesinato lesbofóbico registrado, había otros cinco sin denunciar. Los atentados contra mujeres (heterosexuales y lesbianas) se consideran como violaciones y abusos sexuales, violencia intrafamiliar, o simplemente asesinatos circunstanciales, pero no se clasifican como crímenes por odio. Esto hace mucho más difícil saber el grado real de agresión que sufre la comunidad lésbica en nuestro país. Y leyendo a diversas internautas, no creo que la situación varíe en otras naciones.

La solución no es cerrar los ojos a una realidad que está presente. Eso de si no se menciona, no existe, es absurdo. Si hay algo que he aprendido de mi psicólogo de cabecera es que ignorar a una persona o a un grupo es anular su identidad y esto constituye también una forma de agresión.
